“Intenso, divertido, que me haga reír, hábil, interesante, profundo, misterioso, apasionado, emocionante, ambicioso, seguro de sí, que me vuelva loca, carácter firme, enérgico, que se abra emocionalmente, algo impredecible, impulsivo, con agallas, entienda mis sentimientos, intrépido, aventurero, con hambre de conocimientos, que me ponga en mí lugar cuando lo merezco…”
Esos son algunos de los adjetivos que escucho de mujeres describiendo el hombre que buscan, y son sólo los que se refieren más o menos a cualidades y rasgos de la personalidad. Hay otro grupo de descripciones que están más relacionados a los gustos del hombre:
“Que lleve una vida activa, le guste probar cosas nuevas, practique al menos un deporte, le guste viajar, que lea bastante, sepa de música buena, le guste ir al teatro y las películas que no sean de acción, que no sea aburrido sino súper divertido, y otros detalles que ayudan, como que le gusten más la Pepsi que la Coca-Cola, que su enano favorito sea Gruñón, le gusta el café con azúcar morena …”
Están bien. Nada fuera de lo esperado, excepto por esos últimos que aunque suenen a broma, es común escuchar descripciones así de precisas. Estoy tratando de pensar en qué tipo de hombre representan esos grupos de descripciones y sólo se me ocurren James Bond y Batman, si estos además fueran sensibles y cultos. Esos hombres (y mujeres) que son todo a la vez sólo existen en las películas. Si le preguntáramos a un hombre qué busca en una mujer, escuchamos descripciones que coinciden en varias cosas a las mencionadas arriba, más algo sobre el tamaño de los senos; así que vale la pena una aclaratoria: Mi observación es válida para ambos sexos, pero seguiré refiriéndome a las mujeres porque me da flojera hacer esta aclaratoria constantemente.
Me llama la atención no lo que está ahí, sino lo que siempre falta: “Que sea buena gente”. Saben, que no sea un perfecto coño de su madre. Un buen ser humano. Creo que es importante. ¿Han visto a una persona pensar en voz alta y decir “Quiero conseguir alguien que sea buena persona”? Nadie parece aspirar a eso; suena muy aburrido. Decir que alguien es “buena persona” es bastante general, pero creo que todos entienden a qué me refiero. No tiene que ser la Madre Teresa o Nelson Mandela, ni rescatar caballos abandonados (a las mujeres les encantan los caballos), basta con que sea alguien que te respete, no electrocute perros, no haga daño a otros voluntariamente, tenga la disposición para identificar situaciones en la que podría hacerlo involuntariamente, no emplee niños huérfanos en su pujante negocio de tráfico de drogas, y demás cualidades cuasi sinónimas (lealtad, honestidad, etc.).
Lo sé, lo sé: “Eso no hay que decirlo, es lo más importante. ¡Tanto así que está implícito!”. ¿Estamos seguros que lo está? Cada vez lo dudo más. Decir que está implícito es una pobre excusa. Si está implícito, si todos queremos a un persona buena gente, ¿por qué las cosas en esas listas parecen pesar más?
Sí pesan más. Una muestra es la declaración frecuente que hacemos al terminar una relación. Decimos “Ahora quiero alguien que sea ________”, muchas veces en respuesta a lo que tuvieron antes y no resultó. Buscamos lo contrario a la persona con la que tuvimos una mala experiencia. Si estaban con el deportista, ahora quieren el intelectual, y si estaban con una persona celosa, ahora quiere una indiferente. Pero después que nos jode un puerco amoral, no aplicamos lo mismo. Rara vez escuchamos “Mi pareja anterior era un asco de persona, ahora quiero una buena persona, no importa tanto lo demás. Alguien me trate bien”. Quiero que le guste esto, quiero que haga esto, quiero que me lleve allá, quiero que hagamos tal cosa, quiero que me haga sentir así. Nunca “Quiero un tipo decente”.
La compatibilidad entre personas nunca será (ni debe ser) perfecta. Habrá cosas que tenemos en común con nuestra pareja y otras que no, y algunas cosas nos gustarán de ellos mientras que otras nos dan ganas de escupirle en un ojo (cariñosamente, claro). Una buena relación se construye sobre confianza, intereses comunes (importantes), y buen sexo. Una mala relación se construye sobre rasgos y gustos sin importancia. Escoger una pareja también significa aceptar diferencias y deficiencias. Quieres un hombre que lea, le guste viajar y probar deportes extremos, pero el que conseguiste le encanta leer desde el confort de su sofá. Lo aceptas y sigues adelante con tu relación. Eso lo entiendo. No se puede ganar todas las batallas, y hay muchas que debemos negociar.
En esas listas de arriba, es comprensible que todos esos elementos puedan ser negociables. Lo sorprendente es que “Buen ser humano” lo sea también. Es el único elemento que no debería serlo, pero parece que estamos dispuestos a ignorarlo si la pareja cumple suficientes de las cosas inútiles de esas listas. Quiero dejar claro que no pienso que haya nada de malo en las cualidades mencionadas. No hay nada de malo en ser emocionante, intenso, profundo, sensible, y todo a la vez, etc. La línea que quiero marcar es entre lo verdaderamente necesario e importante –ser una buena persona– y todo lo demás que deberíamos llamar “buenas cualidades, que nunca sobran, y a la vez por sí solas no sirven de nada”.
La prueba de que lo importante es negociable no está sólo en la ausencia de esa cualidad en la típica lista de mercado de la pareja perfecta que escuchamos siempre, sino en que más allá de las palabras, rara vez lo vemos en la práctica. Hombres y mujeres idiotizados por una cantidad de cualidades sin verdadero significado y que no sirven de nada, mientras se mantienen ciegos a la ausencia de la más básica bondad humana.
Hay ejemplos específicos para ambos sexos. Las mujeres siempre se quejan de que muchos hombres sólo se interesan en mujeres brutas, fáciles, que estén buenas, o que nunca se nieguen a un viaje espontáneo a la playa a las tres de la madrugada, en detrimento de las inteligentes y serias (para este caso, añadan una tercera categoría de cualidades: físicas). En cuanto la personalidad y la disposición, hablan de una mujer “guerrera” (en castellano venezolano: intensa, y no se niega a nada por miedo, por aburrida, o por “el qué dirán”, etc.).
Las mismas mujeres que se quejan de eso hacen lo mismo sin darse cuenta: se interesan sólo en hombres por su apariencia, sólo que en este caso no son sólo apariencias físicas. Se interesan por el hombre emocionante, interesante, profundo, enérgico y que comparte algunos de sus gustos. Esas cosas se identifican primero, y terminan pesando más que lo más básico.
No soy psicólogo (y eso no impedirá fingir que lo soy), pero me parece que la idea de que necesitemos que otra persona –un agente externo– nos rete y traiga emoción a su vida puede ser señal de algún vacio emocional que otra persona no podrá llenar. Ese es un tipo de responsabilidad que debemos poder llevar solo, e idealmente compartir con una pareja, pero no subcontratarla a otra persona. Si necesitan de alguien que los impulse, los emocione, que le de tracción a su vida, quizás necesiten más un psicólogo que una pareja.
“Es que la gente buena muchas veces es también la más aburrida”. Es cierto. Entiendo que hay gente que declaró toda su personalidad una zona libre de carisma. Hombres y mujeres buenos son descartados constantemente por ser supuestamente aburridos. Pero no es una excusa para que dejen que la persona emocionante los joda mientras ignoran al bueno por no ser tan interesante o emocionante.
Hace unas semanas fui a una boda en la que uno de mis mejores amigos y su esposa compartieron la mesa con una Amiga y su Novio. Ella es la Robin Hood de la Vagina, que la entrega a malhechores y perdedores que nunca deberían estar siquiera cerca de una mujer como ella. Los vi desde mi mesa reírse todos juntos por horas. Al día siguiente hablé él:
- ¿Qué tal anoche? Te vi cagado de la risa con Amiga y Novio toda la noche.
- La pasamos buenísimo, estuvimos jodiendo toda la noche, cagados de la risa toda la boda con Amiga y Novio, demasiado divertidos los dos.
- ¿Y qué tal Novio? Yo casi no lo conozco.
- Un patán.
Aunque no lo crean, pocas personas pueden ver las cosas con esa claridad. “Es un patán divertido”. La mayoría se deja cegar por lo llamativo y lo brillante, como un bebé hipnotizado cuando le sacuden unas llaves enfrente.
No es fácil identificar un coño de madre a simple vista (excepto para mí). Aprendemos a golpes. Pero después de unos meses con alguien, consciente o inconscientemente, sabemos si hay algo malo en una persona. Es como adoptar de la perrera un pitbull que fue entrenado para peleas y maltratado. Sabemos que el perro puede ser un monstruo malvado, fiero, y salvaje, pero lo ignoramos bajo dos esperanzas: Que podemos cambiarlo, o que al menos no nos agredirá a nosotros porque somos quienes lo alimentan. La realidad es que no importa cuánto lo entrenes y alimentes, el pitbull un día te tratará como un zapato viejo y se cogerá a tu amiga de las tetas grandes.


